
domingo, enero 29, 2012
¿Será?

lunes, enero 23, 2012
Llegar tarde
La hormiga
La hormiga pasea alrededor de la gorda naranja. La naranja es dorada, correntina y el camino es infinito.
Ella podría penetrar el fruto absolutamente, terminar con su marcha, eludir el hastío, lograr el poder, pero teme terminar con su imaginación.
Francisco Urondo
Ni hablar. Siempre llegando tarde, como todos.
martes, diciembre 20, 2011
martes, noviembre 01, 2011
Frente
se vuelven contra sí
para expulsar
la idea de una batalla
que se pierde
cada día.
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miércoles, octubre 12, 2011
Panadero con el pan
La nostalgia nos tiene prisioneros.
viernes, octubre 07, 2011
miércoles, octubre 05, 2011
La vi
Yo hacía lo que tenía que hacer. No sabía que ella estaba allí.
Cuando regresaba la vi. De refilón, casi sin querer. Me atrapó al instante. Es de ésas que no deberían notarse, no debería resaltar y sin embargo, yo, que nunca encuentro lo que busco, la vi casi por casualidad.
Esbelta y discreta, se movía con aparente dificultad; pero en realidad es la elegancia de un movimiento de otro tiempo, uno que no apreciamos.
Sus ojos miraban al norte. Yo quedé atrapado.
Aún así, seguí como si no la hubiera visto. Luego, fui por la cámarita que me regaló Bere y tratando de no incomodarla mucho (a la modelo, no a Bere) me atreví a tomar la foto que ahora pego.
Al revisarlas, encontré que en una parece como si me viera, como si me hubiera notado, como si posara
(Ahí disculparán la calidad del texto y de la foto. Quería contarlo)
martes, agosto 30, 2011
Placeres de a 10 pesos
Caminamos y vimos. Nada sobresaliente. Seguía sin haber toronjas decentes y baratas. El don de la albahaca quería estafarme y fuimos comprando de a poco hasta que de regreso llamaron mi atención unas cemitas que no compré, pero el mismo señor cemero vendía frutillas de biznaga (sí, como ésas que le cuento a todos que comía en la infancia y como las que nos dieron en Pinos, pero crudas) cocidas con azúcar, como Dios manda. La bolsita con una cucharadota costaba 10 pesos. El don me dijo que se ponía cada semana y luego corrigió: “bueno, una semana aquí y otra en La estrella”.
Salí de ahí feliz con mi bolsita y la cara de asco de Citla. En el camino hacía planes de mis compras futuras atendiendo al calendario que me acababan de informar. Sabía en el fondo (como en efecto ocurrió) que ningún plan se concretaría.
Estaba yo en la delectación cuando decidimos sali
r ya ni sé a qué.
De regreso de yo no sé qué, nos topamos con un letrero de helados en Canal interceptor y fuimos a probar unos cuya página de internet no existe, pero que están endulzados con agave y tienen una cosa rarísima llamada espirulina o inulina o algo así que no es importante. Lo que sí los hace memorables es no sólo que costaban 10 varitos, sino que, a pesar de ofrecerse como “sin azúcar” estaban buenos. El de higo está muy chido y el de vainilla con té verde, cumplidor. Los de coco, guanábana y rompope, también aguantan.
Todo eso antes de los dos cursos que ocuparon mis vacaciones desplazando las sanas intenciones de salir como cada año a probar tarugadas a otro lado o las insanas tentaciones (ante las que afortunadamente nunca sucumbí) de revisar la tesis de la revolcada de fin de semestre.
El verano regresó trayendo en el escapismo el recuerdo de las intenciones de ya hace un año que, como todas las tentaciones alcanzadas, luego ya no sabe uno pa’qué las quería o qué hacer con ellas. En fin. Ahora que ya regresé con la misma cara de pazguato y la cola entre las patas con las que entré hace un año a la escuela, e igualmente sin tener idea de qué hacer o pa’dónde darle, decido también regresar a esta bitácora para terminar lloriqueando lo que era la historia postergada de los deliciosos placeres de a diez pesos.



